El motociclista – Reflexión de Fernando Drummond

Curioso personaje, ese tal motociclista.

Es difícil creer que sea posible preferir las incomodidades de una motocicleta, en la que se viaja precariamente instalado sobre un asiento pequeño, en la que hay que hacer acrobacias para mantener el equilibrio, y rogar que no haya arena en el camino.

¿Cómo pueden creer que es cortés transportar un pasajero, sin ninguna comodidad ni seguridad, obligando al (o a la) pobre infeliz a abrazarse al piloto? Estando expuestos ambos a toda clase de molestias: lluvia, calor, frío, polvo, piedras, que saltan, o la ducha de agua sucia arrojada por los coches que pasen por algún badén a su lado. O los negros y apestosos gases de escape de los camiones en las avenidas transitadas, por ejemplo. Y ni hablar de la necesidad de usar botas, cascos, protecciones, guantes y pañuelos, hasta en los días más calurosos.

Todo esto cuando vivimos en una época en la que los coches nos ofrecen toda clase de comodidades y elementos de seguridad. Tienen aire acondicionado, que nos permite llegar al trabajo sin sudar ni oler mal; airbags, barras de refuerzo laterales, cinturones de tres puntos… cosas que dan seguridad a conductor y pasajero; equipos de música; la posibilidad de charlar a placer con los pasajeros (varios pasajeros) sin tener que gritar.

Personaje extraño, el motociclista…

Sin embargo, a pesar de todo lo que he dicho antes, veo siempre en sus caras una extraña y particular sonrisa que no recuerdo haber esbozado yo mismo en mi coche, incluso disfrutando de todas las comodidades que tiene.

Entonces empecé a prestar un poco más de atención y descubrí que, durante mis viajes, los moteros que se cruzaban en las rutas se saludaban con señales, tocaban el claxon y algunos se hacían luces, sin importar qué moto conducían, ni que nunca se hubieran visto antes. Muy raro…

Averigüé también que ellos muchas veces se reúnen, como si fueran amigos de mucho tiempo, como aquellos que tenemos tan pocos y apreciamos tanto.

Noté la solidaridad que los une. Observé también que debajo de muchas de aquellas pesadas ropas de cuero, pañuelos en la cabeza, botas, cadenas y expresiones ceñudas, había personas de todas clases, incluyendo médicos, jueces, abogados, militares, profesores, etc. Que en aquel momento nada se parecían a los sesudos, formales e irreprochables profesionales que eran en el día a día. Encontré también a algunos colegas, a los que nunca imaginé ver pertrechados así.

Muy raro…

Al hablar con algunos de ellos, escuché sobre cosas sobre los indescriptibles placeres de “salir de ruta” sobre dos ruedas. Sobre la experiencia de conocer nuevos amigos por donde se pase; de la alegría al redescubrir el placer de la aventura, sin importar la edad; y de la posibilidad de ser libre y alegre, rompiendo las barreras que existen solamente en nuestras mentes, tan acostumbradas a la mediocridad.

Vi, escuché y medité sobre este tema… y cambié mi visión anterior: Maravilloso personaje, el motociclista.

Aunque tuve muchas motos, nunca fui un verdadero motociclista. Es un error que trato ahora de enmendar.

Mejor que una moto nueva, la moto de mis sueños.

Más que solo una moto, la llave que abre los grilletes que representaban los miedos y los prejuicios que durante tanto tiempo me impidieron disfrutar de tantas aventuras y amistades.

Dios sabe del tiempo que perdí y las experiencias que me privé de vivir.

Si antes los miraba con extrañeza, incluso siendo dueño de una moto (pero no motociclista), los veo ahora con profunda admiración. Y, cuando no estoy con ellos, con un poco de envidia.

Lo interesante es que conozco personas que nunca han tenido motos pero están en perfecta sintonía con el ideal del motociclista. Algunas llegan incluso a participar en encuentros y foros moteros. Lo que importa es la filosofía motera.

Hoy, mi mujer y yo, creamos nuestros sueños, planeamos, tímidamente, viajes cada vez más largos, siempre dispuestos a encontrar nuevos viejos amigos que nos van a recibir con los brazos abiertos.

Quizás, con un poco de suerte, nos crucemos con alguien en un coche que, a través de las ventanillas de su jaula de acero, se fije extrañado en ese personaje que subido en una moto, con el viento en la cara, lo mismo a pleno sol que bajo la lluvia o el frío, parece feliz y ajeno a todo, con una sincera e incomprensible sonrisa en la cara.

Quién sabe si así liberaremos de su encierro a un futuro hermano motociclista más.

Fernando Drummond (Periodista de São José dos Campos, São Paulo (Brasil) – Traducción libre.

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